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El día a día de un residente de obra en tiempos de pandemia


5:30 de la mañana. La alarma despertadora del celular brilla por su ausencia, aun siendo un día completamente laboral atrás quedo el sonido con el cual batallaba para llegar a trabajar a la obra a las 7:00am, por el contrario, el sueño desencajado finaliza sobre las 6 o 7 de la mañana.

¡Voy a llegar tarde! Pienso en un parpadeo, transcurridos unos segundos la tensión desaparece cuando tomo consciencia que la entrada es a las 10 de la mañana, hora en la cual normalmente ya llevaríamos cumplida una cuarta parte de la jornada laboral.

Extrañamente tengo tiempo de sobra, me levanto tranquilamente, tomo una ducha y un tinto hace las veces de botón de start-stop.

La jornada laboral un tanto trastocada ya está en marcha, organizo mentalmente las actividades del día, me preocupo por algún *chicharrón pendiente que urge solucionar, el arqueo mental de las actividades a ejecutar vs los insumos en obra me hace caer en cuenta que faltan algunos materiales y debo solucionarlos apenas iniciando la jornada para no alterar la productividad del día, el tiempo como recurso no renovable juega un papel fundamental en nuestro oficio de construir edificaciones.

Continúo el breve mapeo mental mientras la taza de tinto disminuye su contenido lentamente, con las ideas un poco más claras empiezo a realizar un par de llamadas al encargado de obra, a los colaboradores, doy algunas indicaciones y recomendaciones de las actividades a desarrollar, me comunico con el trabajador al cual le corresponde por programación el protocolo de desinfección de entrada para recordarle que debe llegar unos minutos antes y así disminuir los tiempos de preparación previos a las actividades prácticas.

Siguiendo con las precauciones de autocuidado, me desplazo hasta la obra en transporte personal (motocicleta), mi esposa hace las veces de conductora elegida, ante la situación actual, es la mejor alternativa que tenemos para el desplazamiento.

El recorrido es extrañamente tranquilo, sin ajetreos, sin trancones, nadie tiene afán, nadie desborda su estrés concentrado de forma desmedida sobre las bocinas de sus vehículos.

Durante el trayecto trato de dimensionar todo lo que sucede, el escenario de las calles vacías provoca obligadas reflexiones en los vagos pensamientos: ¿no me estaré arriesgando demasiado? ¿Se justifica ir a trabajar bajo estas circunstancias? ¿algún día todo volverá a ser como antes?, incluso llegan a la mente pensamientos propios de Hollywood, como aquellas películas donde un gran mal aqueja a la humanidad y solo un selecto grupo de personas pueden “salvarla”. Sí, puede ser demasiado pintoresco, pero finalmente somos de los primeros sectores en reactivarse y no dejamos de sentirnos como los conejillos de indias para ver qué pasa si algunas personas empiezan a salir a laborar mientras el grueso de la población continua en aislamiento.


Una vez en la obra se observa al equipo de profesionales de SST (seguridad y salud en el trabajo) más dedicados y activos que nunca, todos con sus elementos de protección muy bien portados y voluminosas carpetas en sus manos; un par de ellos con termómetros digitales para tomar la temperatura corporal de cada uno de los trabajadores que ingresa al proyecto.

Debido a las restricciones el número operativo de personal es drásticamente reducido y el ingreso al proyecto está debidamente organizado por horas para no generar aglomeraciones y controlar de manera óptima la frecuencia de ingreso.

Con un pasillo juiciosamente delimitado, las marcaciones en el piso indican cual debe ser mi posición en la fila conservando la distancia. Observando el escenario a los lejos podría compararse con una banda transportadora automatizada, donde cada producto va ubicado de manera armónica, equidistante, absurdamente ordenada.

No se percibe la jocosidad tradicional del ingreso al trabajo donde hay algarabía, saludos, gritos, euforia por ver en la nueva jornada a sus "parceros" de la obra; por el contrario, todos van extrañamente silenciosos, reflexivos y hasta preocupados. En el interior cada uno de nosotros lo sabe, debemos estar aquí trabajando por que dependemos de ello para generar ingresos, para cubrir gastos, para alimentarnos, para subsistir, pero merodea por allí la inmensa responsabilidad de salir a ese escenario hostil que reflejan los medios de comunicación.

Cargamos una cruz intangible muy pesada, en casa nos esperan nuestras familias, los seres que más amamos en este mundo, en este momento el sustento y la salud de los nuestros depende del cuidado disciplinado de cada uno de nosotros.

Una vez superada la zona de ingreso con el respectivo registro de temperatura, encuesta y desinfección pasamos a los típicos campamentos establecidos por empresas. Allí empieza un nuevo proceso, la fila se hace en la parte exterior, el colaborador encargado de la desinfección ya finalizó y da ingreso a los compañeros en grupos de 4 personas (en nuestro caso particular debido al área), ingresamos y nos cambiamos la ropa por el overol de trabajo y la dejamos empacada en una bolsa plástica de un color específico destinada para tal fin.


Una vez todos nos encontramos uniformados, nos reunimos en un área abierta para dar un mensaje reflexivo y a la vez motivar al equipo de trabajo para la jornada laboral.

Hasta este punto ha pasado aproximadamente 1 hora, ahora si …

¡A trabajar señores!

De la misma manera que todo nos cambió, el escenario laboral lo hizo drásticamente. El personal disminuido, gran porcentaje de las personas utilizando los trajes anti-fluidos que están en auge por su practicidad y comodidad. El trabajo que antes desarrollábamos en equipo con otras empresas ahora se realiza por separado, la comunicación y el voz a voz que acostumbrábamos tener ahora es remplazado por murmullos temerosos. Escasamente se escucha la típica música en el celular de los pintores retumbando a lo lejos, recordándonos que, así lo parezca, no estamos solos.


Al llegar la hora del almuerzo vivimos uno de los escenarios que encuentro más atípico y triste, grandes mesas separadas, estrictamente organizadas con un máximo de 4 sillas que nos obligan a estar distanciados, allí también se vive un ambiente extraño de cierta tensión y desconfianza, es así como lo interpreto, hay pocas charlas y comentarios, cada uno muy concentrado acelera la ingesta para retirarse a la mayor brevedad posible de las mesas.

Habiendo superado el almuerzo, en horas de la tarde el día se hace eterno, el personal de obra está acostumbrado a madrugar drásticamente para desplazarse desde sus lugares de residencia (en el 90% de los casos de extremo a extremo de la ciudad) para iniciar labores a las 7:00am y finalizar sobre las 4:30 pm, máximo 5:00pm. Ahora la salida del trabajo es sobre las 7:00pm cuando el sol ya se ha ocultado, y tras el largo trayecto la jornada concluye en llegar a casa, no dar un paso más allá de la entrada para despojarnos de la ropa y dirigirnos directamente a la ducha, en este lapso aparece algún familiar despistado queriendo saludar con efusividad y al cual debemos detener en primera con una señal de ¡alto!


Continuamos el camino a la ducha y una vez allí nos aseguramos de cubrir minuciosamente con jabón todas las superficies corporales, principalmente las expuestas durante el día. Saliendo de la ducha volvemos a pertenecer a la familia, volvemos a sentirnos humanos y cercanos, saludamos a los nuestros, nos sentimos inmunes por haber aniquilado al virus con la exhaustiva enjabonada. No queda más que cenar y descansar para afrontar el nuevo día.


A través de estos días la mayoría de colaboradores comentan que se hace extensa y tediosa la jornada, que prefieren empezar a trabajar mas temprano, que sienten un poco de temor por sus padres, sus hijos y familiares por que somos nosotros quienes estamos teniendo contacto con el exterior.


Poco a poco tendremos que acoplarnos a esta realidad, si no puedes con tu enemigo, únete a él, profesa una sabia frase y este precisamente es el caso, él no se irá, seguirá allí en nuestro entorno, el reto está en afrontarlo con el perrenque que caracteriza al buen colombiano.


Como se hizo evidente durante el relato opté por no utilizar las palabras desgastadas: protocolos de bioseguridad, con el animo de no indisponer al lector, sin embargo, ¿Ya se lavó las manos?



*Chicharrón: En el argot popular de la construcción hace referencia a una situación adversa que representa dificultad y dedicación de tiempo especial para su resolución.


Sergio Daniel Urián Martínez

Residente de obra

Escrito en Bogotá a mediados de mayo de 2020. Publicado - octubre 2020

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